lunes, 10 de noviembre de 2008

Escritor errante, autor independiente Por: Jorge Martínez Palafox

En cuarenta o cincuenta años alcanzaré la madurez.
Debo ir preparando mi eternidad

Carlos Flores Vargas

En el centro histórico de la Ciudad de México, se mueve diariamente una cantidad considerable de la fauna urbana que busca diversión, entretenimiento e inclusive cultura en sus más diversas formas. No obstante, entre la gran masa, siempre encontraremos gente particular por su físico o por su oficio; desde la estatuas vivientes que regresan de la inmovilidad a cambio de una moneda, pasando por los organilleros tradicionales y modernos, hasta los muchachos expertos en instrumentos tribales, que hacen sonar cadenciosamente. Todos ellos, repletos de historias qué contar.

Se sabe bien que, lo que no se escribe, no trasciende. Y aunque en cada persona palpite una anécdota, una narración imaginativa o toda una historia de vida, la tradición oral no permite a éstas dar perpetuidad a las ideas. Por eso hay que escribir.

Entre la explanada del Palacio de Bellas Artes, la avenida Francisco I. Madero y la calle de Gante, se mueve un hombre de edad madura, estatura media, cual si fuera una persona común; él vende libros. Dichos libros, son los que él ha escrito por sí mismo. Textos de su autoría que claman por ser leídos, cuentos que buscan encontrarse con su lector y ocurra aquella emoción única que Borges denominaba belleza.

Su nombre es Carlos Flores Vargas. Muestra, colgando de su cuello, las ampliaciones de viejos recortes de periódicos, que reviven las glorias de los días idos y que dan credibilidad instantánea a su importante oficio: “El mejicano Carlos Flores gana el premio Max Aub.” “Escritor en huelga de hambre contra una casa editorial”, son sólo un par de encabezados que pueden distinguirse a primera vista.

¿Qué historias se encierran detrás de él? ¿Por qué ser un escritor independiente, errante (y ambulante)?
He aquí una pequeña entrevista para responder estas y más preguntas.

Se dice que infancia es destino; ¿cómo es la infancia de un escritor?
Yo creo que es muy diferente para cada escritor. Sí creo que infancia sea destino en el sentido de que, aquello que nos pasa de niños, puede influir de alguna manera en nuestra formación; la casa donde uno vive, la manera de ser de los padres, el ambiente en que te desarrollas, todo es factor.

Alguna vez comentó que se salía de la secundaria para irse a la biblioteca a leer; ¿esto influye en usted?
Así es. En mí definitivamente influyó, de hecho, yo aprendí a leer muy chiquito, pero era flojo para leer. Entonces tenía una tía que me leía “las mil y una noches” para dormirme… ¡y funcionó porque me dormía cada vez que abría un libro!
Cuando entré a la secundaria, anexa a la Normal de Maestros, un día descubrí la biblioteca del Congreso de la Unión, precisamente por una tarea que me dejaron. Me metí, vi los ficheros, los autores ahí, que mi tía leía mucho y me fui aficionando a la lectura. El primer año de secundaria lo pasé con calificaciones, digamos aceptables, el segundo año lo pasé de panzazo y al tercer año ya ni asistí a la escuela. Me quedaba a leer todo el día, hasta que el hambre me corría o me cerraban la biblioteca.

No es necesario ser Doctor en letras para hacer un cuento de calidad…
No; habría que preguntarle a Juan Rulfo o a Juan José Arreola, autodidacta, e incluso a Gabriel García Márquez que nunca estudió letras. Él estudiaba para abogado, pero dicha carrera lo aburría a muerte y prefirió meterse a trabajar al “Espectador” de Bogota, primero como reportero, como articulista después. Hay gente que se puede pasar toda la vida encerrado en un aula y que quizá nunca va a escribir una línea que valga la pena.

Carlos Flores, con su boina negra y sus grandes anteojos, que seguramente denotan una vista cansada pero satisfecha por los años acumulados de lecturas, habla con suma confianza de sus argumentos, mientras la calle de Gante es testigo de situaciones tan disímbolas, tales como recuerdos que reviven de un escritor y jóvenes de la calle que le piden unas monedas.

Ya de adulto, ¿cómo fue la situación del premio Max Aub y su problema con la Editorial Diana?
Bueno, la cosa empezó desde antes: yo empecé escribiendo unos cuentos a los 35 o 37 años…ya no recuerdo. No tenía una confianza y tenía temor por mis cuentos; no me gustaba lo que escribía, pero quería ser leído desde luego, como todos los que escriben. Decidí hacer una especie de folletito, con maquina eléctrica, con cinco de mis primeros cuentos. Lo reproduje en mimeógrafo, le puse una pastita de cartulina (posteriormente esto se convertiría en mi libro “Cuentos de Sexo”) y lo regalé entre mis cuates para que me leyeran.

El contacto con Zabludovsky
Un día mi mujer me dice: “oye, tú no escribes mal, deberías de mandar uno de esos folletitos al licenciado Jacobo Zabludovsky, al noticiero 24 horas”… Me dejé vencer por la tentación, pues total ni me va a pelar, pensé en ese momento. Se lo mandé por correo y como a las dos o tres semanas, me llamó por teléfono el licenciado. Me dijo que mis cuentos lo habían emocionado, lo habían divertido, que eran excelentes.
Me invitó a su oficina. Recuerdo muy bien el día que platiqué con él, puesto que fue la ocasión en que entregaron el Premio Nóbel de Literatura a Wlliam Golding, autor de “El señor de las moscas”. Me quedó muy grabado ese recuerdo porque incluso lo vi como un buen augurio; ¿si estoy en el momento en que anuncian a William Golding, por qué no iba a estar en el momento en que anunciaran a Carlos Flores?

Problemas con La Diana…y premios
El licenciado me mandó con la editorial Diana, ahí me dieron un contrato en donde yo cedía mis derechos de autor por cinco años y ellos se comprometían a sacar varias ediciones según se vendiera… y me fui a mi casa, a esperar. Como Jacobo ya me había dado la confianza al decirme que era yo un gran cuentista, decidí someter mi trabajo a concurso. Mientras esperaba la realización de mi contrato, gané el “Premio Latinoamericano de Cuento de la Casa de la Cultura de Puebla”, me quedé con el Cuarto lugar del premio “Juan Rulfo” y me otorgaron el “Premio Nacional de Cuento Max Aub”, que otorga el gobierno de España…lo cual me hizo pensar que a lo mejor sí valía la pena lo que yo escribía. La editorial Diana no hizo nada a pesar de todos estos premios.
Pasaron los años, querían más tiempo y como yo no estaba dispuesto a esperar, decidí demandarlos. Me puse en huelga de hambre…y lo demás es historia, como dicen los presumidos.

En algunos de sus cuentos va una dedicatoria a una persona; ¿qué implica la palabra Xiluén?
Xiluén es el nombre de una muchacha, drogadicta, de la que me enamoré profundamente; ¡pero así como loquito! La conocí cuando viajaba seguido de México a Tepoztlán y de regreso, ella hacía el mismo viaje y solíamos coincidir. Empezamos a platicar, fuimos haciendo amistad y pues nos descubrimos almas gemelas. Me confesó su problema con las drogas, traté de ayudarla en lo posible, aunque yo era bastante mayor que ella, y finalmente salió. No me consta, pero tengo entendido, por una lectora, artesana de Coyoacán, que actualmente Xiluén es directora de una Casa de Cultura en alguna entidad del norte.

Usted ha declarado que “escribir para sí mismo es estúpido, escribir para los contemporáneos es estúpido, escribir para la posteridad es estúpido, escribir es estúpido”; además de evitar la artritis, ¿para qué escribe Carlos Flores Vargas?
Escribo porque no me queda más remedio y escribo poco en realidad. En 30 años de escribir he generado tres libritos de cuentos, tres obras teatrales y una novela; además de dos proyectos de novela, una de ellas monumental.

Una realidad que ojalá no se dé pronto por el bien de las letras, ¿cuándo llegue la muerte a Carlos Flores, qué será de sus cuentos, los derechos de autor, cómo se seguirá difundiendo su obra?
No lo sé realmente, yo espero durar todavía unos 20 añitos de perdida. Yo tengo buena cantidad de libros a medio hacer en la casa; si yo muriera ahorita no sé qué pasaría…probablemente nada. A lo mejor alguien capacitado e interesado en mi obra, crea que valga la pena seguir y nombrarlo albacea literaria…Por ahora eso no existe.




Aún cuando las ventas sean difíciles, escasas, y el Nóbel de literatura no llegue, con la certeza de un presente, Carlos Flores Vargas continuará sus ediciones artesanales que encarnan el amor por la literatura, la máxima de “el arte por el arte mismo” y las dificultades de un país con severos problemas en el apoyo y la difusión cultural. Entrados ya los años, alcanzará la madurez, y su camino a la posteridad será pavimentado con el reconocimiento popular que todo artista anhela; mientras el momento aguarda, sólo queda seguir subsistiendo y conseguir lectores en base a ello.

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